La asfixia social, quinto relato en tiempos de pandemia

En su nuevo relato, Rosa Monfasani, Bibliotecaria y Profesora en Ciencias de la Información, nos describe lo que muchos estamos sintiendo en este momento de aislamiento social. Para reflexionar. #QuedateEnCasa #StayAtHome

Buenas tardes amigos, hoy leí un artículo impactante que desencadenó este escrito. El encierro produce diferentes aspectos o traumas sociales, mejor dicho los desencadena y estos conducen en menor o mayor medida a la asfixia social.

En todos nosotros la falta de contacto y en consecuencia de abrazos con quienes apreciamos, hoy tan necesarios, hace que todo eso se viva con mayor ansiedad.

En los adultos mayores extrañar el paseo diario, la charla con los vecinos, el no poder adquirir un producto de consumo o el no poder respirar aire puro, produce asfixia social.

Los niños no pueden jugar con sus amigos en el colegio, en sus casas o en el parque. En muchos casos lo hacen solos y eso no es divertido. Los padres se sienten oprimidos y no saben cómo entretenerlos, y estos padres se ven más afectados porque ellos mismos no pueden socializar con sus amigos. Lo que es peor aún, muchas veces los niños reciben más castigos verbales o físicos que los habituales y los hace más vulnerables. Esto también lleva a la asfixia social.

El que vive solo no importa la edad, eso es lo de menos, tampoco puede estrechar a sus amigos, o familiares, ver su sonrisa o la expresión de sus ojos, o simplemente al que pasa a su lado. Se entretiene con música, hace ejercicios, se comunica por medio de la tecnología, observa desde su ventana o desde donde esté, pero le falta el aroma de la ciudad, el ruido de los coches, el de esa moto desenfrenada, o el tomar café en su lugar de costumbre; porque aunque esté solo se siente integrado por la charla de los demás. Todo eso sucede porque vive allí y son sus costumbres, porque forma parte de su vida. Y digo, ¿no es esto asfixia social?

Hoy llevamos más de 30 días de cuarentena, la mayoría de los días no sabemos en cual estamos. Las noticias de la televisión o la radio son agobiantes, ya casi nadie las mira o escucha. Señora cómo pasa la cuarentena, tiene algo para decir, o fulano dijo póngase el barbijo, no salgan a la calle, si tiene más de 70 años saque su permiso. Queremos estar informados, pero si pasamos el canal o corremos el dial, todos copian de todos para ver quién tiene la primicia o informa mejor, pero en definitiva nadie sabe quién tiene razón. Esto también es asfixia social.

Miro hacia abajo y veo al señor del balcón que ayer leía, hoy se balancea en su reposera, no sé si está pensando, si quiere dormitar, pasar el tiempo, o que… Al rato sale la mujer y le trae un café. Este lugar, mi balcón y mi jardín me invitan a mirar, pero también me hacen pensar, volver a la realidad y a lo que me provocó el escribir este relato.

Decía que hay cosas peores, que suceden todos los días y a las que solemos prestar poca atención, son las que hoy se acentúan mucho más.

Mientras pienso como decirlo veo a un señor mayor en una terraza colgando ropa, ¿lo hará siempre u hoy se distrae con eso?

Bien volviendo a lo mío les comentaba que hay cosas mucho más graves, por ejemplo la violencia, las mujeres maltratadas por su pareja y lo que es peor la cantidad de muertes que se suceden en el día a día. Esa asfixia social se agrava, e impulsa y genera mayores aberraciones.

Este aislamiento hasta casi nos hace comprender el encierro penitenciario, esa privación de la libertad, ese confinamiento que muchas veces no los hace mejores, pero que es la forma de albergar a los condenados desde hace mucho tiempo. Según su pena, ellos solo pueden escuchar conversaciones en los pasillos, o cada tanto salir al patio o realizar alguna tarea que les está permitida. Aquí pierden los afectos y es aún más evidente ingresan a la asfixia social, ya no tienen un sentido de pertenencia familiar.

Me hace bien escribir, aunque me gustaría hacerlo mejor.

Este deconstruir de la realidad en el tiempo, semejante a como lo planteaba Heidegger, hace olvidar el sentido originario del ser, al que yo agregaría para estos tiempos el no ser. El estar y no poder ser. El mundo siente la asfixia social.

¿Qué derechos y deberes tenemos en estas circunstancias? ¿Cómo se podrían definir? 

Pareciera que hoy descubrimos esta asfixia, pero existió desde siempre, solo que con el aislamiento la vemos más acentuada ¿será porque hay más tiempo para ver y pensar?

Mejorar las condiciones sociales es un problema de todos, las políticas a implementar dependerán de otra dimensión política y social, de aquella en que todos se involucren. Las situaciones no cambian fácilmente, y si el apoyo psicológico está solo no será suficiente, deberá estar acompañado del contexto histórico y cultural del pasado, el del presente y por qué no el del futuro. El planteo no lo sé y tampoco tengo la solución, tratemos de resolverlo entre todos.

Llegó el señor que toma sol en su terraza, por supuesto el celular lo acompaña. Aparecieron dos más para utilizar el solario como parte de su actividad diaria. No hablan entre sí. A lo mejor salen porque quieren alejarse de la asfixia social y quieren encontrar algún contacto en el otro.

No crean que olvidé a mi begonia, ella continua florecida y da más fuerzas para continuar. En mi balcón se sigue respirando y aspirando al mundo mejor que describí en otro escrito. La esperanza y la soledad, casi van de la mano y tienden a combatir la asfixia social.

Hay mucho más para decir, pero nos reencontraremos en el próximo relato. #YoMequedoEnCasa

Rosa Monfasani

rosa.monfasani@gmail.com
Buenos Aires, 20 de abril 2020

leer la nota original aqui

 

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